South America Economy

Es la disaster climática, estúpido

Entre el 31 de octubre y el 12 de noviembre se celebra en Glasgow, Escocia, la 26ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP26), mientras escribo esta columna, me viene a la mente una anécdota de la campaña presidencial estadounidense de 1992.

George H. W. Bush (padre) tenía una amplia ventaja sobre Invoice Clinton. Hacía un año que Estados Unidos había desatado la operación Tormenta del Desierto en Irak, y se encaminaba a ganar la elección. Pero en el comando de campaña de Clinton se decidió apostar por un cambio de rumbo, y reforzar el mensaje del cambio frente a la continuidad, acercándose a los problemas reales de la gente, como la salud, y la economía. A manera de recordatorio permanente, el asesor James Carville hizo imprimir y pegar en la oficina central un cartel que decía The economic system, silly, convirtiéndose en un slogan que ejemplificaba lo verdaderamente importante, impulsand

o la victoria electoral de Clinton: es la economía, estúpido.

Pues bien, si hoy hay algo importante en el debate político a la hora de pensar no solo la economía y la geopolítica, sino el futuro de la humanidad, es el del cambio climático y la disaster de la que no vamos a salir a menos que consigamos una reducción de emisiones que impidan a su vez un aumento de más de 1,5 grados centígrados respecto de la media de la period preindustrial, lo que podría suceder en pocos años si continuamos con nuestro ritmo de emisiones de gases de efecto invernadero.

Ese límite de 1,5º (hasta el momento llevamos un aumento de alrededor de 1,1º) es el que la comunidad científica considera el límite después del cual el colapso de los ecosistemas, la llegada de olas de calor combinadas con la escasez de agua provocada por las sequías, y el deshielo de los polos que provocará un aumento del nivel del mar que se tragará países insulares, serán inevitables.

Pero la historia de las 25 COP anteriores es una historia agridulce con más fracasos que éxitos. Desde la Cumbre de Kioto en 1997 (el Protocolo de Kioto fue ratificado en 2005) donde se avanzó al imponer a los países del norte el principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” frente a los países del sur, hasta la Cumbre de París en 2015, donde se impuso la necesidad de alcanzar cuanto antes el punto máximo de emisiones a la atmósfera, entendiendo que los países del sur necesitan hacer sus propias revoluciones industriales y tecnológicas para sacar a sus pueblos de la pobreza, como ya lo hizo el norte antes, y tardarán más en alcanzar esos máximos, estando los países del norte obligados a contribuir económicamente para la adaptación y mitigación de los efectos del cambio climático en el sur.

Ese punto, el del financiamiento, será uno de los principales debates de la COP26, pues según los Acuerdos de París ya desde 2020 los países desarrollados debían financiar a los países en desarrollo con 100.000 millones de dólares anuales durante 5 años, cosa que no ha sucedido.

El otro escollo para el acuerdo es de los mecanismos de mercado como el carbono. Los países del norte quieren imponer un mercado en el que se mercantilice el aire, generando incluso una bolsa de valores donde los países del sur se conviertan en sus guardabosques. El norte seguiría contaminando y manteniendo sus niveles de producción industrial, a cambio de pagar al sur para que emita menos emisiones, lo cual al closing es un mecanismo que solo perpetua la desigualdad entre países. Quien más tiene contamina más y sigue creciendo, quien menos tiene contamina menos y por lo tanto tiene menos capacidad de crecer económicamente y sacar de la pobreza a su población.

El debate sobre la disaster climática es por tanto también un debate sobre las desigualdades entre el sur y el norte geopolítico, que pudo hacer sus revoluciones industriales y tecnológicas a costa de la explotación de los recursos naturales, pueblos y personas del sur.

En América Latina además vemos con toda crudeza este debate que se traduce en el asesinato de decenas de ambientalistas y defensores del territorio, en ataques vinculados con la explotación de recursos mineros, forestales y agroindustriales.

Quizás la COP26 que comienza esta semana no sea la cumbre definitiva, pero sin duda en el debate sobre el cambio climático y la disaster que ya vivimos, es la última llamada. Dejarla pasar sería la mayor estupidez que podríamos cometer como humanidad.

Katu Arkonada

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